03 de 10 de 2017

#RELATOSDEUNASOLTERA: El cáncer de mamas

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Trabajar un sábado o domingo para nadie es agradable, ya que significa menos horas para descansar, dormir y también carretear.

Pero cuando la jefa te pide estar presente en una actividad de la pega el domingo no puedes decir que no… A pesar de que por dentro me morí de la lata y reconozco que me puse de malas mal, tanto así que me amurré y eliminé todo lo que tenía pa hacer el sábado en la noche… panorama que no estaba para nada malo, pues se trataban de un asado donde se suponía irían un par de solteros que no conocía y podría alguno formar parte de mi “nuevo porvenir” .

Había decidido no ir… Así que con solo decir “tengo que trabajar temprano” me excusé y no di pie para que me dijeran que al menos fuera un rato, porque eso de un ratito y tener que irse cuando todo está que arde es la cuestión más latera que existe. Lo otro es quedarse y llegar casi del carrete a la pega, lo que es impresentable… más aún para esta actividad que se trataba de una maratón en apoyo de la campaña de prevención del cáncer de mama.

Mi labor era supervisar cómo estaba la producción y cómo había sido la convocatoria… de correr nada, menos los 5.5k ó 7.5k que se dispusieron para recorre… no soy sedentaria, pero el running no es lo mío.

El sábado de pura mañosa me acosté a las 8 y hasta le bajé el volumen al celular… estaba de verdad insoportable, pero creo que se debe a porque vengo de ya hace semanas pasando un periodo raro, que no sé muy bien que me pasa, pero me da la sensación que el “traje” que ando trayendo ya no me queda cómodo… ¿¿¿Les ha pasado??? O sea, puedes caminar y hacer distintas cosas con el puesto, pero de repente lo sientes apretado, o te molesta el roce con el género… no sé algo así, aunque se torna urgente mandar hacer uno que se adapte a tu nueva piel.

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Bueno, estaba a las 7:30 AM del domingo en el punto de congregación de los participantes. Al llegar prácticamente no había nadie, lo que me permitió coordinar una que otra cosa con tranquilidad y a pesar de mi mala onda interna, con muy buena disposición.

Empezó a pasar el tiempo y vi cómo se iba llenando el recinto. Salí para ver a la gente y si se estaban entregado los regalos que había para ellos: botellas con agua, barras de cereal, vasitos con fruta y poleras que llevaban el lazo rosa distintivo de la enfermedad. Mientras veía este despliegue me detuve silenciosamente a ver la cantidad de mujeres que llegaron con sus cabezas cubiertas con un pañuelo, ellas estaban ‘peladitas’ a causa de la quimioterapia que se están realizando y que las ha hecho perder uno de los elementos que más ocupamos las minas para definir nuestra personalidad y a la vez sacar partido de la belleza que tenemos.

Rostros cansados, ojerosos, sin cejas y de un color que es tan identificable en personas que se están tratando un cáncer. Poco a poco comencé a imaginarme su dolor y todo lo que deben estar pasando como mujeres, seres humanos y miembro de una familia. Poder compartir con ellas era un regalo que me estaba dando la vida y por eso, no dudé un segundo y me acerqué a ellas para darles la bienvenida y felicitarlas por haber tenido el ímpetu de participar.

Para sorpresa mía estaban contentas, animadas e incluso entre ellas se ‘tiraban tallas’ por sus apariencias físicas. Me hice parte… y no tengo idea como llegué a escuchar sus maravillosos testimonios de lucha frente a esta patología que se apoderó de ellas sin pedir permiso.

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Los grados que tenían de su cáncer eran diferentes, así como las edades de ellas, nivel socioeconómico y el tiempo que llevan con él. Sin embargo, todas confiesan ser diferentes desde que se decidieron darle la pelea a dicha patología. Se convirtieron en guerreras inclaudicables, que muchas veces ellas han tenido que dar ánimos a sus parejas, hijos, hermanos y amigos. Saben que no pueden bajar los brazos y a pesar de que luego de las quimioterapias no tienen fuerzas para lavarse las manos, sacan la garra interior que las motiva a aferrarse a la vida.

Marina de 37 años me contó que un día duchándose sintió un bulto en su seno izquierdo. Se asustó, pero no le prestó importancia al no dolerle. Además, pensó que podía ser un ganglio inflamado al haberle llegado la regla. Después de meses recordó aquella masa y volvió a palparse… para su sorpresa había crecido. Callada tomó hora al médico y luego de diferentes exámenes le dijeron que tenía un cáncer grado 3, lo que significaba operarse lo antes posible y sacar toda la parte afectada. ¡Me dijo que lloró, se enojó con Dios, con la vida y no podía entender por qué le pasaba ella! Le informó a su entorno y no hizo más que recibir amor, por eso en ese instante dijo “seco mis lágrimas y pa’ delante mierda! Me tocó el premiado y ¿por qué no? Si nadie se salva de los malos momentos y enfermedades”.

Gabriela de 60 años me confesó que esta es la segunda vez qué pasa por la enfermedad. La primera vez fue hace 4 años y hace solo tres meses en un examen de rutina le dijeron que había regresado. “No me ataqué, solo dije. “Si le gané la primera vez, en esta segunda lo vuelvo a vencer””, exclamó con una sonrisa que hace notar todos los huesos de su cara, ya que ha adelgazado cerca de 9 kilos de un porrazo. “Mira, la vida Amanda es así y a nadie le llega algo que no sea capaz de soportar. El cáncer te dice: ‘bienvenido al cambio de pensar, al replantear tus prioridades y a estar presente en cada respiro. Por ejemplo, hoy yo no pierdo tiempo en amargarme por asuntos de plata que quisiera, ni menos peleo con la gente. Abandoné la mala costumbre de hablar mal del resto y aprendí a conectarme con mi espíritu y todo el potencial que tenemos como seres humanos y no lo aprovechamos al estar preocupados de tonteras como comprarnos tonteras para aparentar. Cada mañana agradezco que desperté y que puedo salir de mi cama para prepararme desayuno. Me emociona ver cómo salió el sol con fuerza y como la señora que hace el aseo en mi edificio me entrega un santito para que me mejore y confíe mi fe en el”.

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Mientras escuchaba eso, les juro que me sentí una tonta, pendeja que hace pataleta porque me pasan cosas que no me gustan. También porque no logro percibir la belleza en lo simple y porque en ocasiones me pongo egoísta, floja y desagradecida.

Tenemos tanto que aprender de estas mujeres que no están dispuestas a bajar los brazos ni menos abrir una puerta a la muerte sabiendo que las acecha. Ellas que se convierten en ejemplo para sus hijos, maridos, hasta sus mismas madres y que muchas veces deben acostumbrarse a un cuerpo distinto, ya sea porque quedan si una mama o sencillamente deben despedirse de ambas, lo cual les hace sentirse poco atractivas, sin feminidad y con miedo a que sus parejas o futuros hombres las rechacen por lo mismo.

Rosario de 40 años y quien reconoce no haber sido rigurosa con sus visitas anuales al ginecólogo me aconsejó autoexplorar mis pechugas mientras me ducho y no faltar cada año una evaluación ginecológica. Asimismo, me contó que su madre y su hermana han sido afectada de lo mismo, por eso no solo ha vivido su propia desventura sino un terremoto familiar, “de verdad que cuando mi hermana chica llego contando que se lo habían detectado, pensamos que era una mala broma, pero bueno, es lo que nos tocó enfrentar y nuestro inmenso amor permitirá que sorteemos esto de mejor forma… así que ya sabí, no dejes de hacerte mamografías y “catetea” a tus amigas para que también se la hagan, porque muchas veces no hay síntomas.”

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Como ven chicas, la salud es absolutamente incierta y veleidosa, aunque las razones por las que llegan siempre a la larga hacen sentido. No olvidemos de cuidarnos y de empatizar cuando veamos a alguien que está en un mal periodo, ya que así me lo dijo Romina… “A veces me energizo con la sonrisa o un gesto amable de un desconocido, ha que eso me hace sentir cariño que sin duda es lo que todos enfermos o no es lo que necesitamos. Los problemas nunca van a faltar, pero la actitud positiva para eliminarlos no puede faltar. Buda así lo dice: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.

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