11 de 01 de 2016

LA CLASE ANTES DE LA CLASE

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-¿Supiste que a Vega lo echaron del colegio? –Me preguntó Lucas cuando regresamos a la sala de clases luego de las vacaciones de aquel verano del 2002. Él era ese amigo loco que todos conocemos alguna vez, ambos teníamos quince años y toda una vida por delante.

-Sí, pero no sé por qué lo hicieron. –Contesté sin interesarme más de la cuenta.

-Dejó esperando guagua a la Martínez. A ella también la echaron.

-Ah, sí, había escuchado el rumor… Son muy maricones. Cómo si ellos nunca hubieran tirado. –Dije mientras pateaba repetidamente la misma piedra sobre el maicillo del patio central.

-Pero huevón, ¡a la Martínez! –Afirmó levantando el tono de voz.

-¿Qué tiene que haya sido la Martínez?

 -¡Se tira a la mina más rica del colegio y lo echan! Deberían aplaudirlo y darle el premio de mejor alumno a fin de año.

-Te imaginas… -Le contesté riéndome de no muy buena gana y luego pateé la piedra tan fuerte que la perdí de vista.

-¿Tú te la hubieses tirado? –Me preguntó Lucas.

-Yo creo. Total, es la mina más rica del colegio. –Le respondí

-Te pregunto si te la hubieses tirado aún sabiendo que te echarían del colegio.

-Ah, no. Ni cagando. No estoy ni ahí con ser papá sin estudios.

-Yo la haría sí o sí.

-Papá y sin estudios, Lucas. Papá y sin estudios…

-No entiendes nada de la vida. –Sentenció justo antes de tirar un escupo al suelo y luego entró al baño. Lo perdí de vista al igual que a la piedra.

-Qué habrá que entender de la vida. –Me quedé pensando mientras miraba al colegio elevarse por sobre mi cabeza. Era un edificio grande e imponente, y a mí no me venía bien estar ahí.

Nuestro primer día de clases pasó lento. El día estaba gris y el cielo nublado, pero a pesar de que era temprano en la mañana, hacía un calor inmundo que anunciaba que al verano aún le quedaban semanas azotándonos como esclavos. Más que una escuela, ese lugar parecía un campo de batalla en el que los alumnos nos castigábamos unos a otros a fin de conseguir un lugar en el mundo.

-Qué lugar habrá que conseguir en este mundo. –Me cuestionaba mirando los pasillos hacerse eternos frente a mis ojos.

-¿Supiste que a Vega lo echaron por dejar esperando guagua a la Martínez? –Oí que me preguntó de pronto el alumno más grande de mi curso justo antes de desordenarme el pelo con ambas manos.

-Sí, ya me contó Lucas.

-¡Qué rica es la Martínez!

-Sí. Qué rica es la Martínez… –Le dije dándole en el gusto, pero el grandulón ya se había echado a correr.

Las clases de ese día, por ser las primeras del año escolar, comenzarían a las diez de la mañana. Eran las nueve y media y aún quedaban treinta minutos de ocio antes de entrar a la sala.  Ese año nos había tocado la señora Marcia de profesora jefe. Una vieja de canas gruesas, voz áspera, y carácter maligno.

Entré al baño, me lavé la cara, y cuando clavé la mirada en el espejo vi a un niño desordenado, de pelo negro, rostro pálido y ojos achinados. Ya debía ser un adolescente, o al menos parecerlo en el reflejo del vidrio, pero todavía era un niño que se negaba a enfrentar la oscuridad y la luz que conlleva la vida. No quería ninguna de las dos cosas.

Me refregué los ojos y el agua me salpicó en la corbata. Me sequé las manos con el pantalón, o más bien, mojé el pantalón con mis manos, y volví a refregarme los ojos.

Salí del baño y vi a Lucas conversando con el grandulón. Alrededor de ellos había varios otros alumnos, hombres y mujeres. Todos hablaban de Vega y la Martínez, que en realidad se llamaban Carlos y Josefina. Yo no entendía por qué todos nos llamábamos por el apellido. No entendía por qué ese año nuestra profesora jefe sería la señora Marcia. No comprendía por qué hacía tanto calor si el día estaba gris y nublado. No entendía por qué debía usar corbata y ser igual que todo el resto de los alumnos. No entendía por qué habían echado a Vega y la Martínez por haberse convertido en padres.

-Tal vez me haría bien ser papá. Tal vez si lo fuera, entendería por qué mierda no entiendo nada. -Pensé mirando el círculo de compañeros desde la salida del baño.

Habían pasado sesenta minutos desde que llegué al colegio junto a Lucas. Había pasado una hora, y esa, había sido la clase antes de la clase.

2 comentarios

Andrea

14 de enero de 2016

Cuando la vida te regala la sorpresa de alguna vez haber visto a este adolescente achinado que no cachaba nada... de lejos... y hoy leer al adolescente joven esperando que la corbata este lejos y siga preguntándoselo todo

Marcos

12 de enero de 2016

Me imagine todo, muy buenaa

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