14 de 12 de 2015

EL PESO DE NUESTRAS MOCHILAS

mochila

Cargo una mochila inmensa, de esas que por ser tan grandes indican los litros que caben dentro de ellas. Tú también cargas una.

Cuando nací, sin necesariamente saber ni quererlo, comencé a andar por un sendero estrecho que fue, poco a poco, abriendo nuevas posibilidades de tránsito. Pasajes angostos, calles con o sin salida, pasillos largos que daban a puertas pesadas, algunas que no pude abrir, y otras que me dejaron pasar sin siquiera tener que empujarlas.

Pero daba lo mismo, porque por donde fuera que yo caminara, siempre había algo que de alguna u otra manera se encaramaba sobre mis hombros y caía de lleno hasta el fondo de mi mochila. Esas cosas fueron colmándola hasta un día me vi cargando decenas de kilos sobre mis espaldas, y yo ni me había dado cuenta. Tú cargabas los mismos kilos y tampoco lo hiciste.

Crecí y seguí caminando con mi mochila llena hasta el tope. Comencé a dar pasos cada vez más débiles e inestables, y las cosas sobre mis espaldas comenzaron a caerse. Sentí que estaba bien, pues el peso de mi mochila dejó de crecer. Lo que, sin embargo, no sabía, es que las cosas que iba perdiendo en el camino, eran tanto las que me hacían mal, como las que yo más quería. Se caían y yo no supe cuáles eran. Tú tampoco lo supiste.

Transcurrió el tiempo y con él lo hizo mi vida, la tuya, y el peso sobre nuestras espaldas.

Las cosas que yo llevaba no cambiaron ni se renovaron, hasta que un día, mi mochila se cayó al suelo y yo caí sobre ella. La tuya alguna vez también se cayó, y tú sin duda caíste sobre ella.

Ese día aprendí que hay algo que no puedo olvidar ni dejar de tomar en cuenta. Ese día aprendí que, para no caer nuevamente de improviso y perder las cosas que para mí son importantes, de vez en cuando debo detenerme, dejar la mochila sobre el piso, y agacharme para sacar las cosas que estorban y que pesan más de la cuenta. Así, y sólo así, estaré dejando espacio para que las cosas que vayan en su interior, sean realmente las cosas que yo quiera cargar.

Los recuerdos no puedo botarlos, simplemente no puedo. Pero deteniéndome y agachándome para mirar qué es lo que hay dentro de mi mochila, sí puedo elegir a cuáles prestarle más importancia y permitirme escoger qué recuerdos utilizar para seguir caminando.

Si bien no puedo dejar de mirar las cosas que recuerdo con miedo, dolor o tristeza, sí puedo separarlas para que no ensucien a las que me van a permitir andando por el camino que yo he escogido. Tú también puedes hacerlo.

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