26 de 10 de 2015

EL JARDÍN DE ROSARIO

jardin

He visto muchas cosas lindas en mi vida. Probablemente más de las que en algún momento imaginé que tendría la suerte de ver, y todas ellas me han maravillado verdaderamente. Pero si hay algo que no olvidaré nunca por su inigualable belleza, es el jardín de Rosario.

No es un jardín muy grande. Quizás no más grande que una sala de clases, pero es justamente eso lo que lo hace aún más lindo.

En el centro tiene una pequeña estatua hecha de cerámica roja que da forma a un hombre sosteniendo un corazón con las dos manos.

La estatua está plantada sobre una circunferencia de pasto verde profundo, y en el contorno del césped hay lirios blancos y hortensias azules relucientes y bien cuidadas.

Seguido a la estatua, el pasto, y las flores, pueden apreciarse varios sauces crespos y pinos de mediana altura plantados uno al lado del otro. El lugar es mágico y yo nunca vi algo parecido.

Rosario lo creó y cuidó durante más de una década. A sus tempranos seis años, cuando comenzó a darle vida, lo hizo con la ayuda de su padre. Y luego de que él muriera, la pequeña continuó perfeccionándolo por sí sola.

El proceso fue largo. Durante mucho tiempo fue plantando, cortando u ordenando todo lo que fuera necesario. Le daba forma a las flores, barnizaba la pequeña estatua, o emparejaba el contorno de los sauces. Todos los días hacía algo diferente, y por más pequeño que fuera su trabajo, este siempre tuvo un sentido que finalmente dio como resultado lo que ella quiso desde un principio.

Hoy Rosario tiene diecisiete y el hermoso jardín es obra de su incomparable paciencia y creatividad.

Un día, mientras Rosario caminaba tranquilamente por el jardín contemplando la hermosura de su obra, su madre salió a llamarla. La pequeña estaba acostumbrada a ver su trabajo interrumpido, por lo que, amablemente, se volvió hacia su mamá y le preguntó qué era lo que ocurría. La noticia fue que recibió fue triste y desalentadora.

-He tenido que vender la casa. Yo más que nadie entiende cuán doloroso es tener que irnos, pero ya no puedo seguir pagando todos los gastos.

Rosario recibió el mensaje de su madre como un verdadero golpe en el alma, y en la desesperación, le ofreció comenzar a trabajar para aportar económicamente y evitar su partida, pero nada de lo que pudiera hacer era realmente viable. Tenían un mes para irse.

Durante algunos días luego de haber recibido aquella lamentable novedad, la pequeña estuvo intensamente apenada. Verdaderamente no entendía cómo podía estar ocurriéndole aquello. Pensó que todo era un castigo de Dios y le costó hacerse la idea de que el mágico jardín había llegado a su fin. Pero cuando finalmente logró convencerse de qué algo bueno podía haber en todo eso, volvió con más fuerza que nunca a terminar y afinar todos los detalles para despedirse de su más preciado tesoro de la mejor manera.

Regó el pasto y emparejó las flores y los arbustos, le puso abono a la tierra para que el jardín pudiera preservarse durante más tiempo, y comenzó a tallar un especial escrito en el centro de la estatua.

Así pasaron días de arduo trabajo y dedicación, hasta que finalmente llegó el triste momento en el que ella tuvo que dejar atrás todos esos años de gratitud y felicidad. Porque eso era lo que el jardín le entregaba; una verdadera felicidad.

Recogió todas las insignificantes cosas que había en su pieza, libros, ropa, y alguna que otra fotografía de su infancia. Pero de todas, sólo conservó una en la que aparecía su padre sosteniéndola en brazos cuando ella apenas tenía tres años de edad. Esa foto fue lo único que llevó consigo a su nuevo hogar.

Algunas horas antes de irse, continuó tallando aquel escrito en la estatua de cerámica y justo cuando su madre la esperaba en el auto, dio por terminado el trabajo. Finalmente miró el jardín desde la entrada de la casa, contempló su belleza durante algunos segundos y se volteó para no verlo nunca más.

Desde el triste día de su partida, ya han pasado seis años. Los mismos seis años que han transcurrido desde que yo me mudé a la casa de Rosario luego de que ella y su madre la abandonaran. Fui yo quien tuvo la inmensa suerte, aunque no sin algo de culpa, de llegar a aquel hermoso lugar.

Recuerdo ese día como si fuera ayer.

Lo primero que vi cuando entré a la casa, fue el mágico jardín que podía mirarse a través de un ventanal junto al comedor. Abrumado por la belleza que desde lejos podía observarse, salí afuera rápidamente, y al verme en medio del lugar más lindo que he visto en mi vida, pude leer lo que decía el escrito en el centro de la pequeña estatua roja del hombre sosteniendo un corazón con las dos manos.

El Jardín de Rosario

Este será por siempre mi jardín. En él habita mi corazón y también todos los recuerdos que tengo de mi padre.

1 comentarios

Lorena

27 de octubre de 2015

Francisco, como siempre un hermoso relato...espero el próximo!

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