29 de 09 de 2015

EL CUENTO DE LA SEÑORA MARTA

cosmo

Me enamoré de una abuelita. Iba caminando por la calle y la vi paseando a su poodle en una plaza cerca de mi casa.

-Son para usted. –Le dije en medio de los árboles y le entregué un ramo de lirios blancos bañados en el perfume que uso todos los días, para que no se olvidara nunca.

-Qué lindo, jovencito. Me recuerdas a mi nieto.-Me contestó.

Y claro, yo podía ser su nieto, pero ella pronto me vería con otros ojos.

Le pedí el número y cuando llegué a mi casa la llamé a su teléfono fijo.

-¿Señora Marta? Usted habla con Martín, el joven de la plaza.

-Hola, mijito. Tengo sus lirios puestos en agua, no sabe lo bien que huelen.

-Huelen a amor, señora Marta, huelen a amor. Oiga, escúcheme un segundo, están dando una película buena, ¿tal vez quiera ir conmigo?

Ella aceptó y ese mismo día la pasé a buscar para ir a ver “Intensamente”, la película de las emociones.

Comimos cabritas y disfrutamos de nuestra ida al “tiatro” como ella le decía desde sus años de juventud.

Ese día no quise ser muy atrevido y ni siquiera le di la mano. Tenía que ser paciente para convertirme en todo un caballero.

-Señora Marta. –La llamé otro día. -Estaba pensando que me gustaría acompañarla a pasear a su perrito, tengo unas galletitas muy ricas para darle.

-Oh, estaría encantada. –Me dijo, y a las siete en punto salimos de su departamento a pasear al poodle por el parque.

Pasábamos los tres por entre medio de los árboles con un aire tibio dándonos en la cara, el sol comenzaba a caer y la tarde se hacía cada vez más romántica.

-Señora Marta. –Le dije en medio de la brisa. –Yo no tengo novia hace muchos años. La verdad es que soy bastante exigente y no he querido vincularme con ninguna mujer hasta ahora. Pero debo decirle, señora Marta, que en sus ojos he encontrado la belleza más pura que existe en este mundo, y por ello me encantaría dar un paso más adelante en nuestra relación. – ¿Le gustaría pololear conmigo?

Ella me miró abrumada, vi sus preciosas arrugas en la frente, sus labios color rojo intenso, sentí su olor a colonia inglesa, y de pronto, se me acercó y me dio un besito en la boca. Fue sutil y elegante, como era ella, y nuestro primer beso fue tan suave como apasionante.

Así pasaron los meses y nuestro amor fue creciendo cada vez más. Conocí a su familia, a sus hijos, a sus nietos, y a Amalia, la pequeña bisnieta que nació mientras pololeábamos. Yo les presenté la señora Marta a mis papás y ellos estuvieron muy contentos. Todo funcionaba a la perfección.

-Martín. –Me dijo ella a mí una vez en la terraza de su departamento mientras escuchábamos a Mozart en el tocadiscos.  –Creo que no recuerdo la última vez que tuve relaciones, y es tanta la pasión que ha crecido dentro de mí por ti, que no te pediría esto si no lo sintiese adecuado. ¿Quieres hacerme el amor?

Un fuerte calor me subió desde los pies hasta la cabeza, sentí mariposas en la guata, y vi la vida de mil colores intensos. Le tomé la mano y la llevé a su pieza para hacerle el amor durante toda la noche. –Eres lo mejor que me ha pasado.

-Es usted mi razón de existir, señora Marta. –Le contesté genuinamente y ambos caímos dormidos en la quietud de la noche.

Trabajé duro y compré una casa en la playa para que los dos pudiéramos vivir tranquilos y alejados del ruido de la ciudad. Yo me hice un hombre hecho y derecho a su lado, ella se convirtió en una perfecta amante, y su poodle tuvo crías. Esos cachorritos fueron nuestros queridos hijos.

Mis amigos supieron que yo estaba viviendo en Zapallar con la señora Marta, y como no me veían hace mucho tiempo, decidieron ir a visitarme. Me dio un poco de nervio por mi novia, no sabía cómo iba a reaccionar ella y tampoco sabía cómo se comportarían mis amistades.

Ese día salí temprano a comprar machas y queso camembert para que todos comiéramos. Me paseé por todo el puerto y también compré los lirios blancos que a la señora Marta tanto le gustaban.

Me subí al auto y emprendí rumbo de vuelta a la casa.

Cuando llegué comencé a ver una fila tremenda de autos estacionados desde la calle hasta el jardín. Oí una música rockera fuerte y comencé a sentir olor a excesos.

Entré por la terraza queriendo matar a mis amigos. Cómo es posible que se desubiquen así. Me preguntaba. ¿Acaso no ven que mi polola es una señora de edad?

Caminé por los pasillos en medio de esa música sórdida, y cuando ya estaba a punto de desmoronarme, vi todo lo que había para ver.

-Esto se pasó, Francisco, tus amigos son geniales. –Me dijo sosteniendo una copa de champaña en una mano y un cigarro de no sé qué en la otra al interior del jacuzzi.

Miré a mis amistades sin saber si reírme o enojarme y ella volvió a hablar.

-Es de locos, Martín, ¡tus amigos me han llevado hasta el extremo!

3 comentarios

katyuzka

30 de octubre de 2015

Que lindooo!!! te mando un abrazo francisquito :)

mel

26 de octubre de 2015

seco, me encantan tus historias

altazor ..

29 de septiembre de 2015

Excelente relato.. tienes la capacidad de transportar al lector al lugar y a los sentimientos.. un agrado leerte.

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