16 de 09 de 2014

Check In: New York

Ir a New York siempre había sido mi sueño. Me acuerdo que hace muchos años atrás, cuando estaba en mi primer año de u, estaba sentada con un grupo de amigas en el Starbucks, cuando no había uno en cada esquina. Ahí prometimos que en 5 años iríamos todas juntas a New York. La promesa se quebró a los pocos meses cuando una decidió ir antes con su hermana, después otra se fue a vivir para allá y a mí me quedaba pendiente.

El bus del aeropuerto nos dejó al lado de Times Square y apenas me bajé casi quería ponerme a llorar de emoción de estar ahí! Diego se reía de mí y me decía que no podía ser tan huasa, pero es que para mí era un sueño hecho realidad. Sí, asumo mi naturaleza huasa y admito que me quería morir con todas las luces, la gente caminando por todos lados y con el solo hecho de saber que estaba en New York. Es que cualquiera que les diga que no es la ciudad más bacán del mundo, miente. He estado en muchas, y New York es simplemente increíble. Hasta la gente es demasiado cool!

El primer día, con la emoción de estar ahí, empezamos a caminar desde Times Square y llegamos a Brooklyn!! Cruzamos por todas las calles maravillosas del Soho, viendo tiendas lindas y muy cool en el Meatpacking District y Chelsea. Después de pasar por tiendas de diseñadores independientes o de las marcas más famosas, panaderías tan lindas como las que había visto en Francia, llegamos a Little Italy y al Chinatown.

Pese a no ser una gran admiradora de USA en general, amo lo multicultural que es y no deja de asombrarme como en dos cuadras puedes pasar por 3 “países” distintos. Después de una larga caminata llegamos a Brooklyn y nos echamos en el pasto. Mientras Diego dormía yo me dediqué a mirar a la gente y disfrutar con todos los novios que iban a sacarse fotos con Manhattan al fondo.

Viajar de a dos (cuando se trata de tu partner de vida como en mi caso) es muy entretenido, pero cuando el grupo es más grande la experiencia es completamente diferente. Es genial ver cómo cada uno aporta distintas visiones y como pues coincidir de forma inmediata con gente que acabas de conocer.

Aunque veníamos con ritmos de viaje, todos queríamos hacer más o menos las mismas cosas, una de ellas ir a Coney Island. Tomamos el metro que se demora como una hora en llegar, el día estaba hermoso y nos subimos a montañas rusas, comimos corn dogs con mostaza y hasta me gané un peluche del unicornio de Despicable Me. Cuando volvimos a Manhattan seguimos caminando recorriendo distintos barrios, jugamos ajedrez con los viejos en el Washington Square y comimos más en el Chelsea Market.

Partimos en busca de los famosos cronuts. Si nunca han escuchado hablar de ellos les explico: Un francés que tiene una panadería en Soho un día se le ocurrió hacer una donut con masa de croissant, pero friéndolo en vez de hornearlo. Cosas que se le ocurren a los gringos o a quienes llevan harto tiempo viviendo ahí. Llegamos como a las 4 de la tarde, muy ingenuos, hicimos una fila enrome para comprar las famosas cronut que costaban 12 DÓLARES!!!!

Pero para la tranquilidad de nuestros bolsillos, apenas llegamos a la caja y pedimos cronuts nos miraron con cara de “pobres tontos” y nos dijeron “se agotaron a las 9 am, la gente empieza a hacer fila a las 6, nosotros abrimos a las 8 ya las 9 ya no quedan”. Hasta ahí llegó nuestra gran aventura repostera. Pero si se trata de comida New York tiene de todo y para todos. Ahí aprendí a comer zoodles, que son tallarines de zapatito italiano, sólo hay que rallarlo a lo largo (crudo) y agregarle alguna salsa o aliño.

En New York también conocí la maravillosa Lasagna Pizza que es una pizza con relleno de lasagna, con exceso de carne y queso mozzarella. Si suena fome es sólo por mi falta de talento al momento de escribir porque la verdad es que no le estoy haciendo justicia alguna.

El último día convencí a Diego para que fuéramos al MET a ver la exhibición de Charles James. Este museo tiene un área especialmente dedicada a la moda y todos los años tienen una exhibición distinta, que se inaugura con la gala que vemos todos los años en revistas y blogs.

Obvio que no me podía perder la exhibición! Después de una rápida visita caminamos por el Central Park escapándonos de la lluvia y persiguiendo ardillas. Yo andaba con un libro enorme y pesadísimo que compré en el museo así que exigí descansar junto al lago en un lugar que (acabo de averiguar) se llama Bethesda Terrace, que probablemente han visto en mil películas. Ahí nos sentamos y vimos cómo sorprendían a una niña pidiéndole matrimonio con todos sus amigos regalando flores en, probablemente, uno de los lugares más románticos de la ciudad (por algo lo usan en tantas películas).

New York es una ciudad para ir todos los fines de semana sin aburrirse. Hay tanto por hacer que creo que aún viviendo ahí no me alcanzaría el tiempo! Es una ciudad en la que puedes vivir todo, el paisaje es increíble, los edificios, parques, la gente, todo es impresionante, pero más que un paisaje es una ciudad de experiencias en la que te puedes enamorar mil veces de distintas formas.

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